El ciclo de la vida.

Si los padres pudiesen ponerse en adopción, sé que mis hijos no lo dudarían siquiera un instante.


¨Todo tiempo pasado fue mejor¨, dijo alguien que por suerte ya murió. Es que estos meses he caído en una fuerte depresión a causa de un video mío que circuló y aún circula en las redes sociales. Ojalá hubiese sido un registro que me muestre teniendo sexo con un panda bebé, con un caballito de mar e incluso con alguna fruta de estación. Creo que la condena social hubiese sido menor, incluso mi vergüenza. Fue en el cumpleaños de quince de mi sobrina. Unos adolescentes quinceañeros me filmaron mientras bailaba junto a quien, en aquel entonces, era mi pareja. En el momento no me pareció grave, al contrario. Sentí que se divertían viéndome bailar, quizás era mi característico quiebre de caderas, o la diversión de mis pies y el diálogo fluido con las rodillas. Pensé que quizás estaban interesados en registrar algunos movimientos para luego intentar imitarlos. Cuando yo era chico también quería ser como los grandes. ¿Por qué entonces iba a juzgar a estos pequeños de almas púberes e inocentes que simplemente tenían admiración y respeto hacia mí? Recuerdo hasta el momento en que me pidieron sacarse una foto conmigo. Lo recuerdo como si fuese hoy.

El cumpleaños fue un verdadero éxito. A todo trapo, con dos mozos por mesa, un DJ drogado pero no tanto; todo elegantemente decorado. Hubo entrada, plato principal, postre, desayuno; hubo video choto con fotos; todo impecable. El problema apareció al otro día, cuando la resaca cedió y mi cerebro reclamó alguna distracción televisiva. Un zapping precoz por los primeros cinco canales hasta ver el horror. En el noticiero del mediodía, y entre las risas de conductores y panelistas, un hombre muy parecido a mí y una mujer muy parecida a mi exnovia, bailaban de manera arrítmica y graciosa en un video que se repetía una y otra vez. Los bailarines, si es que la RAE me lo permite, apenas levantaban los pies del suelo, apenas daban señales de vida. Dos cuerpos alejados de la estética y el buen gusto, con movimientos similares a los de una estatua de piedra que no se esfuerza, intentando cantar la canción que sonaba, pero desconociendo la letra por completo.

No sé bien qué pasa en nuestros cuerpos, en nuestro metabolismo, en nuestro cerebro, pero de la noche a la mañana los pies te dicen ¨nos vimo en Disney¨, al igual que tus piernas y el sentido de la estética del movimiento. Un día te levantás y simplemente te das cuenta que bailás como padre. Que no importa cuán buen bailarín hayas sido en el pasado o la cantidad de ochos que hayas escrito con tus pies, porque tu cuerpo de todas formas lo olvida. Son tus pies y tus piernas sufriendo un alzhéimer profundo sin ningún familiar que les muestre fotos o les cuente historias.

Pero la naturaleza es sabia y lo que nos quita por un lado, nos lo da por el otro. No es mi caso porque soy de los que viven la vida sonrojados, siempre marcados de cerca por la mirada ajena, pero lo cierto es que esta discapacidad que desarrollamos cuando llegamos a una consolidada adultez no viene sola, sino que, salvando excepciones, trae consigo un superpoder que logra el equilibrio de quien la padece. La pérdida de armonía y ritmo en el arte de bailar es exactamente proporcional a la pérdida de la vergüenza. Un regalo de Dios para que los mayores no abandonen las pistas, para que le pidan al DJ una de Cacho Castaña; para que vistan cotillón, desaten su corbata y saquen la camisa del pantalón.

Hoy ya soy abuelo y los años me dieron la suficiente sabiduría para perdonar a los jóvenes que aquel día encontraron en mí un motivo para reír. Ellos van a ser causal de risa para otros jóvenes el día de mañana. Porque la vejez, inevitablemente, se transforma en un paisaje que entretiene; es el ciclo de la vida. Los viejos estamos acá para que los jóvenes se rían de lo que no quieren ser. Para que disfruten de su juventud y sean conscientes de la temporalidad de los cuerpos. Estamos acá simplemente para que todos los días puedan vernos caminar lento o lidiando con una pantalla touch en el cajero automático de un banco, porque simplemente somos la propaganda mas efectiva del paso del tiempo, hasta que un día dejamos de serlo.