El último bocado.

Tristes aquéllos que nacieron y murieron sin dientes.


Mi familia no es adinerada, pero tenemos campo. La Colorada, ése fue el nombre que le pusieron a las dos mil hectáreas de tierra cercadas por alambre que heredamos de los abuelos de los abuelos de los abuelos de mis abuelos. Una familia numerosa, de esas que tienen muchos tíos, primos y abuelos que se odian entre sí y se ven sólo para las fiestas o algún entierro que huela a herencia.

Era 31 de diciembre del 2006 cuando me subí a mi camioneta en dirección al campo para participar del asado anual que convoca a todos los Montalvo Etchegaray. Cuarenta y cinco minutos y un camino de tierra separaban mi casa de la primera tranquera de La Colorada. Durante el viaje sintonicé una radio AM donde dos paisanos ebrios y divertidos contaban las noticias del pueblo. El programa se llamaba ¨La vida es como te la tomás¨ y llamaban muchos oyentes contando historias de vida. Dos de cada tres habían visto la luz mala, un mito que en el campo no es tal.

El camino hacia La Colorada suele ser tranquilo, como lo es cualquier camino rural, pero ese día había más movimiento que el habitual. El calor se hacía sentir en mi camioneta desprovista del tan anhelado aire acondicionado. En el camino crucé algunos roedores, algunos aguiluchos, dos lechuzas y una mulita. Estas últimas dicen que son fáciles de atrapar y uno lo cree hasta que un día decide intentarlo.

Aunque la pobreza de clase media medio pelo sea parte de nuestra familia, nos enorgullece poder decirle al mundo que somos mejores que ellos porque tenemos peón. Sí, un empleado rural que no sólo se ocupa de hacer aquellas tareas que nosotros hombres de ciudad desconocemos por completo, sino que también nos cocina a todos durante el evento sin exigir una paga extra.

Mi reloj marcaba las 12:50 cuando llegué al campo. Cuatro tranqueras dividen la calle del casco, donde se ubicaba la casona. Del lado izquierdo, algunos cultivos que apenas empezaban a crecer. No era soja, ya había caído el precio. Del lado derecho, vacas a montón, una bocha. Y apenas un poco más alejados y cercados por la violencia de un alambre eléctrico, los toros.

La última tranquera despertó mi curiosidad. No por tener algo especial en relación a las demás sino simplemente porque estaba abierta. Entornada pero abierta, con la cadena y el candado colgando de una de sus barras de hierro. El hambre superó la curiosidad y antes de encontrar una respuesta a este interrogante, ya me encontraba estacionando bajo la sombra de un árbol intervenido naturalmente por la caída de un rayo en una de las tantas tormentas eléctricas que han azotado a estas benditas tierras. Bajé con mi tabla de madera, mi tenedor, mi cuchillo y caminé. Para la cantidad de autos que se encontraban estacionados, había poca gente. De hecho, para ser precisos, no había absolutamente nadie. Caminé, aplaudí, grité. Grité por nombre, por apodo, pero no hubo caso. Ni un alma, absolutamente nada.

Se me ocurrió llamar a tía Irma porque su auto estaba justo al lado del mío. Las manos me transpiraban, no sé si por el calor o por la angustia de sentirme solo en el mundo por algunos segundos. Lo que sigue a continuación es la reproducción del ringtone de tía Irma: ¨ Tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara ¨.

Nada. Seguí intentando mientras caminaba para calmar mis nervios. ¨ Tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru tata rara, tutu ruru¨.

Nadie atendía del otro lado, pero podía escuchar ese sonido cada vez más cerca. Lo seguí aún sabiendo que los de la telefonía móvil me estarían devorando todo el crédito, sentados en sus oficinas, tomando sus mates con bizcochos, impávidos frente a la situación que me acongojaba.

Vi una vaca a unos pocos metros. Estaba de espaldas. No yo, si no ella. Me acerqué porque el sonido del celular claramente venía de ahí. Si la vaca hubiese tenido gorra no hubiese dudado de que ella había pungueado a tía Irma. Pero no había gorra, ni tampoco tía Irma. Hice un pequeño ruido con mis dedos. Algo así como un tímido chasquido para dar aviso a la vaca de que estaba justo detrás suyo. Ella giro la cabeza hacia mí y fue en ese movimiento cuando por fin pude descubrir la verdad. No sé si fue el dedo de tía Irma asomando por su asquerosa boca o la vaca con forma de tío Alberto que crucé ni bien bajé de mi camioneta. El ISIS de las vacas estaba en mi campo y se había devorado a toda mi familia, incluso a tía Irma que bastante rancia estaba. Y ahí estaba yo, con mi tabla, mi tenedor y mi cuchillo, rodeado por todas ellas que me miraban con esas caras de vacas, orgullosas de mostrar su costado carnívoro, risueñas ante la posible mirada de un vegetariano que eligió dejarlas vivir. Me pregunté entonces si la vida estaba tratando de enseñarme algo, pero tenía demasiado hambre.

Nota al lector: Si usted se dedica a los secuestros extorsivos quiero que sepa que Montalvo Etchegaray no es mi verdadero apellido. Que no tengo campo ni dinero.