Entre zumbidos.

Si mi mamá pregunta, convénzanla de que no he caído en las drogas.


El 15 de febrero del año 2017 no fue un día más para mí. Lo recuerdo como si fuese ayer y no sólo porque hoy sea 16 de febrero, sino porque algo extraordinario sucedió durante esa noche de miércoles. Fue a eso de las once cuando entré a mi habitación dispuesto a descansar luego de un día bastante largo. En el lugar todo lucía normal, tal como lo había dejado por la mañana. Antes de acostarme revisé las sábanas en busca de algún alacrán, de esos que están de moda por estos días, pero nada. Así que abandoné mis ropas a excepción de mi calzoncillo que no es slip, apagué la luz y me desplomé sobre el colchón.

Treinta segundos después, en la cobardía de la oscuridad, un mosquito zumbaba en mi oído, estimo en busca de la penetración. No lo juzgo, todos usamos esa técnica alguna vez, pero esto se trataba de una violación lisa y llanamente y yo no estaba dispuesto a permitirlo. Al menos, no sin antes presentar batalla. Lentamente estiré mi brazo en dirección a la mesita donde estaba el velador. En mi ceguera temporal mi mano rozaba ridículamente el aire en busca del botón que me permitiría encender la luz y hallar a la futura víctima. Pero antes de que pueda lograrlo, una voz zumbada pero clara al fin detuvo mi intento y mi corazón por unos cuantos segundos: - ¨Eh gato, no sea ortiva, no te pongá la gorra¨, escuché.

El dedo índice de mi mano izquierda, que para ese entonces ya había hecho contacto con el botón del velador, se quedó inmóvil al igual que el resto de los dedos y mi cuerpo. ¿Había alguien más en la habitación? ¿Estaría tomando vino en caja? Me pregunté.

Cuando la adrenalina cedió y los latidos tomaron un ritmo menos acelerado, acepté que lo que estaba pasando lejos estaba de ser un sueño. El 15 de febrero fue el primer y único día que interpreté a un mosquito. No sé cómo ni por qué, pero de repente sus zumbidos se convirtieron en palabras. Hablamos un buen rato. El léxico no era generoso, pero bastaba para entenderlo. Se llamaba Gerardo, pero le decían Ricardo. Le pregunté si era un mosquito buena onda o de esos que pican; le pregunté si tenía zika; le pregunté por qué nunca se meten con mi tío Raúl; le pregunté si tenía conocidos con dengue y le pregunté si los discriminaba; le pregunté qué hacen durante el invierno; si picó a algún famoso; le pregunté si pican a los que tienen sida; le pregunté por qué no duermen de noche; le pregunté si protagonizó algún comercial de Mosquitrap; si había probado con la tira de asado; si había bebido sangre real; si había picado a Lennon o al de Miranda; si le da lo mismo alimentarse de un niño que de un adulto; le pregunté por qué los del clima del noticiero le erran tan seguido y le pregunté finalmente si a él le gustaría que lo piquen.

Las respuestas fueron algunas más inesperadas que otras y por momentos muy divertidas. Lo escuché. Escuché todo lo que me decía, pero mi cerebro hacía más foco en las preguntas que en las respuestas. No le interesaba lo que tenía para decir, sólo intentaba distraerlo, mantenerlo atontado, cediéndole importancia, drogándolo con un interés fingido. Mi cerebro es un tipo de negocios y es argento. Sólo intentaba recordar dónde estaba el frasco de vidrio de tapa roja para poder encerrarlo y después quién sabe... venderlo a un circo, o a algún magnate árabe, de esos que compran boludeces, o a algún zoológico asiático. Mi cerebro me endulzó y supo convencerme rápidamente. Cual proyector audiovisual, reprodujo en mi interior una película en la que yo era el protagonista y estaba rodeado de mujeres hermosas que me pedían encarecidamente que les haga el amor mientras elogiaban el tamaño de mi pene; luego otra escena donde manejaba autos deportivos y los chocaba a propósito para comprarme unos nuevos; vi aviones privados, abdominales, yates, empleados en negro, champagne francés y autos tuneados con led de colores. Todo en un pestañeo, en un simple cerrar y abrir de ojos.

Mi mano izquierda tomó la iniciativa y bajo lentamente en busca del frasco de tapa roja que escondía ahí por precaución desde el día en que estalló la moda de los alacranes. Ricardo permanecía quieto, sobre la pared. Me acerqué lentamente, sin ejercer sonido, sin respirar, mientras desenroscaba la tapa del frasco con mi mano derecha. Cuando lo tuve al lado, Ricardo voló y me dejó al ridículo en mis intentos por atraparlo. Lo corrí por toda la habitación, de pared en pared, en el marco de la ventana, sobre la cama, en el techo, en la lámpara de luz hasta que, finalmente, lo perdí de vista.

Derrotado, apagué la luz y me desplomé sobre el colchón. Treinta segundos después, en la cobardía de la oscuridad, un pensamiento zumbaba mi cerebro, estimo en busca de la penetración.

Nota al lector: Entre zumbidos es una obra que peca de soberbia por pretender iluminar al lector con una moraleja. Posiblemente la única que encuentre en este libro.