Hasta la V de Víctor.

Sueña en grande, pero al despertar recuerda que sólo era un sueño.


La grúa le llevó la nave. Así arrancó la estadía de Víctor el extraterrestre en la Ciudad de Buenos Aires. La había estacionado sobre cordón amarillo desconociendo la prohibición. No tuvo problema en pagar la multa pero se re calentó cuando le cobraron el acarreo.

Nos conocimos en un bar de San Telmo esa misma noche. Más precisamente en el baño del bar. Me llamó la atención que orinaba sentado pero no en el inodoro sino en el mingitorio. Entablamos un diálogo amarrete pero oportuno. La seguimos en la barra. Él había ido a pasar el mal trago de la grúa con unos cuantos whiskies y yo soy alcohólico. La tercera ronda regaló confianza y nos puso charlatanes. Me contó que había escapado de Marte porque no aguantaba más a la mujer ni a los hijos. Además el dólar se había disparado y las autoridades habían vuelto a tomar deuda para pagar sueldos y planes sociales. Era cada vez más común ver marcianos linyeras pidiendo monedas o marcianos trapitos adueñándose de las calles. Así que un día cualquiera decidió salir de la comodidad de su dos ambientes con balcón a la calle con la excusa de que iba a ver si llovía. Su mujer enseguida entendió que algo raro le pasaba, sobre todo después de ver un mapa que indicaba cómo llegar a la Tierra. Pero prefirió ignorarlo, dejarlo ir. Total estaba lleno de marcianos y eran todos iguales.

Esa misma noche pero en otro bar, me contó que era telemarketer y trabajaba en un call center 14 horas al día, incluyendo fines de semana y feriados. Me contó también que aspiraba a ser Presidente de la Nación y que tenía una idea de negocio que le iba a dar el dinero suficiente como para comprar todos los votos necesarios para llegar al poder, o al menos, costear una propaganda lo suficientemente convincente como para ganar la confianza de los votantes. Me preguntó si me interesaba ser parte de negocio, manteniendo el misterio que lo caracterizaba. Era el primer marciano que conocía pero ya estaba en condiciones de generalizar y afirmar que todos los marcianos son bastante fanfarrones. Utilicé la psicología inversa para engañarlo. Me mostré desinteresado y en cuestión de segundos, cayó. Abrió los ojos bien grandes, clavó su mirada en la mía y en lo que pareció un acto digno de conquista, corrió mis cabellos hacia atrás de mi oreja derecha, y acercando su boca marciana a mi oído, susurró: dentro de poco tiempo se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual desde una plataforma que quizá se instale en la provincia de Córdoba... esas naves van a salir de la atmósfera, se van a remontar a la estratósfera y desde ahí elegirán el lugar donde quieran ir, de tal forma que en una hora y media podremos estar en Japón, Corea o en cualquier parte del mundo.

La charla llamó la atención de dos señoritas que estaban en la mesa de al lado pero con los oídos en la nuestra, así que las invitamos un trago y accedieron encantadas. Pegamos onda enseguida. Víctor estaba enloquecido y yo feliz porque me funcionaba el contraste estético. Tomamos varias rondas más; bailamos, pegamos faso, pepa, y cerramos la noche con una jarra loca.

Amanecimos al otro día en mi departamento de Villa Crespo, desnudos y robados. Y para peor, no nos habían violado. Por suerte, pensé, soy clase media argenta así que no fue mucho lo que me pudieron sacar. Pero a Víctor, al pobre y marciano Víctor, le habían robado el cuaderno donde tenía desarrollado todo el proyecto que venía construyendo desde hacía años. Había números, lugares, coordenadas, nombres, teléfonos, un listado de intendentes de coima fácil, etcétera, etcétera, etcétera. Y todo eso que lo mantenía vivo había desaparecido de la mano de dos suripantas que posiblemente no harían nada con ello. No sé si el proyecto iba a funcionar, no sé si estaba destinado al éxito o si estaba más cerca de ser una idea estúpida que coqueteaba con el fracaso incluso antes de existir. Pero eso era su motor y acababa de fundirse, ante sus ojos. La vida de un telemarketer, como la vida de cualquier otro individuo que encuentra incomodidad en la mediocridad, necesita de esos cuadernos llenos de ideas holgazanes que nos engañan con la promesa de un futuro mejor hasta el día en que morimos. Las necesitamos para sentir que somos más de lo que hacemos; que somos más importantes que el lugar que nos asignaron en este mundo. Y ahora Víctor no tenía más que una silla de respaldo duro esperándolo en Marte, con un teléfono que posiblemente estaba sonando, esperando para escupir los más violentos reclamos de gente con razón y odio.

Sin decir una palabra, salió a la calle, con la mirada clavada en el piso, encorvado, derrotado, frágil como una copa en la mano de un niño. Caminó hasta la Comisaría 9, lo atendió el oficial de turno, de apellido Gutiérrez. Era un policía de esos que no tienen vocación de servicio y mucho menos empatía. Arrestó a Víctor por extraterrestre y lo privó de su libertad. Con el tiempo intervino un juez y lo trasladaron a la cárcel de Ezeiza con una condena de veinte años de prisión. Lo fui a visitar durante los primeros meses, hasta que un día dejé de hacerlo.

No dejo de preguntarme si alguien, en algún lugar del mundo, estará esperándolo. Si hay alguien en este mundo que espera a un tipo como Víctor. Me pregunto si su mujer se asoma por la ventana todas las noches con la ilusión de su regreso. Me pregunto si sus hijos necesitan de su padre o si con la televisión alcanza. Incluso me pregunto si la silla que lo mantenía incómodo sigue esperándolo ahí, fría y vacía, o si acaso ya habrá conquistado alguna otra vida.