Héctor el torpe.

Dedicado a todos los quebrados económicamente.


Sesenta y dos años, viudo, sin hijos, carpintero de profesión. La naturaleza no le concedió grandes habilidades sino más bien todo lo contrario. Entender el cuerpo y aprender a manejarlo lleva años. En el caso de Héctor le llevó la vida y aún no hay aprendizaje. Esto le valió el muy acertado apodo de Héctor el torpe.

Algunos de mis lectores más lúcidos, que espero sean la mayoría, luego de este primer párrafo seguro hicieron su primera asociación: ¿Héctor el torpe habrá tenido algo que ver con su estado de viudez?

Fémur, tibia y peroné en ambas piernas al caer de un techo. Falanges distales, mediales y proximales de ambas manos al golpear la pared con los puños por la bronca que le dio caerse del techo. Fractura de cráneo por negligencia del camillero mientras intentaba subirlo a la ambulancia.

Para tranquilidad del lector comprometido con la salud de los personajes, puedo decirles que hoy Héctor el torpe se encuentra bien. El accidente antes relatado sucedió hace más de tres años.

No recuerdo qué día, pero fue durante el mes de septiembre del año 2013 cuando Héctor el torpe ya recuperado, vivito y coleando, entró cual prócer de guerra por las calles del asentamiento donde vivía. La gente le abría el paso mientras coreaban su nombre-apodo y Héctor saludaba moviendo todos sus huesos con total normalidad. Se había convertido en una especie de héroe barrial, torpe pero con aguante. La juventud lo fotografiaba con sus celulares; las señoras juguetonas le tiraban sus corpiños, sus tangas y sus medias de red. Aparecieron los amigos del campeón, los buitres, los interesados. En los asentamientos vecinos corría el mito de que Héctor el torpe era invencible. Que se lo había visto matar a dos leones en la plazoleta de la esquina; que había tenido un altercado con un oso polar en pleno barrio de constitución; que solito y solo les enchufó las heladeras a los chinos de la vuelta; y que se le plantó al poronga del barrio, un narcotraficante de origen no colombiano que había tomado la zona hace más de diez años y vivía como un rey mientras inundaba las calles de toda la ciudad con un exquisito polvo blanco. Aunque esto último no le había resultado gratis. Cuando salió del palacio del rey escoltado hasta la puerta por los narcoguardaespaldas, su brazo derecho estaba enyesado desde la muñeca hasta el hombro. Pero lo que le sucedió, lejos de robarle el título de campeón, no hizo más que acrecentar el mito. Sí, lo habían quebrado, es cierto. Pero salió del palacio con vida y enyesado. Otro hubiese terminado muerto. ¨Seguro los golpeó tanto a todos que se terminó quebrando solo...¨; ¨seguro se enojó tanto al quebrarse que los obligó a hacerles un yeso...¨, concluían los vecinos.

Se imaginarán el circo que se generó al otro día entre las multitudes al ver a Héctor el torpe pasearse ya sin su yeso, con su brazo derecho soberbio, sano y fuerte. La figura del semi-dios asomaba y los medios locales empezaban a prestar atención.

El martes Héctor el torpe salió del reinado con un yeso en la pierna derecha; el miércoles fue la izquierda. Jueves y viernes fractura de cráneo; sábado a la tarde hombros, por la noche codos. Cada vez se curaba más rápido. A veces el yeso no le duraba más que un par de horas. Mientras los médicos estudiaban la extraordinaria capacidad ósea de Héctor el torpe para regenerar tejido, las estatuas que lucían su silueta comenzaban a propagarse en el asentamiento. Las voces decían que golpearse fuerte con la estatua de Héctor traía cinco años de buena suerte, aunque asistir al programa de la Chiqui Legrand quizás era menos riesgoso. Quizás.

El último día que se lo vio por el asentamiento fue hace mucho tiempo. Salió del reinado en silla de ruedas enyesado desde los dedos del pie hasta la línea que separa la frente de la cara. Lo acompañaba un narcoguardaespalda, quien lo subió a un auto negro con vidrios polarizados. En el trayecto hacia la salida del asentamiento, como aquel día de septiembre del año 2013, la gente se amontonó para tocarlo y saludarlo. Él bajó la ventanilla y con su brazo derecho y enyesado extendió su mano y la compartió con su gente. Entre la multitud apareció el pocavida, un muchacho noble pero con grandes problemas de adicciones. Tomó con fuerza el brazo de Héctor el torpe y según lo que relatan los vecinos que ahí se encontraban, logró besarlo dos o tres veces. Cuando Héctor se dio cuenta de quién se trataba, ya era tarde. Sus brazos estaban siendo aspirados, el polvo desaparecía a la misma velocidad que la ficción del héroe barrial. Una raya del pie, una raya de la rodilla, una raya del abdomen. Cientos de narices hambrientas posaban sobre él, acabando con su farsa.

La policía fue alertada y llegó lo más rápido que pudo pero ya no había nada por aspirar. Héctor el torpe fue detenido y luego preso de su libertad. A su madre le dijeron que muchos chicos del barrio aspiraban a su hijo; ella sonrió.

La mujer de Héctor murió de un cáncer terminal mientras fumaba un pucho.