Ira en la peluquería.

Benditos aquellos que sufren de alopecia temprana.


La peluquería de Don Alberto ya no era tal. Tras su muerte, sus hijos vendieron el negocio. Pero para sorpresa de Rubén, quien ya hacía seis meses que estaba huérfano de peluquero, un cartel sobre la vidriera anunciaba que en ese mítico lugar donde toda su vida había arreglado su cabellera, volvía a abrir una peluquería. Decidió probar, un poco por nostalgia y otro poco por comodidad.

Ciento ochenta y dos días habían pasado desde que Rubén había salido por esa puerta por última vez. Ahora su cabellera lucía desprolija, rebelde, guerrera. Los pocos pelos que la conformaban estaban ahí, largos, desordenados, haciendo berrinche ante un mundo que la había despojado de sus cuidados. Era una cabellera sindicalista, piquetera, que andaba por la vida enojada, furiosa, llena de odio y resentimiento.

El reloj marcaba las cinco de la tarde de un sábado frío de agosto cuando Rubén ingresó al Styling Hair, sucursal Flores, la nueva y flamante peluquería del barrio. Unos cuantos segundos fueron necesarios para visualizar el horror. Muebles modernos, colores vivos, alfombras rojas, espejos de diseño, aromatizadores. El panorama, al menos para él, era desolador. Estaba confundido al punto tal que preguntó, sin ironía, si el lugar era una peluquería. Temía estar confundido. En realidad, temía no estarlo. Ya no estaba el Phillips de 21 pulgadas colgando del techo, gritando el fútbol del día, envejeciendo entre telarañas. No estaban las revistas viejas, ni el Clarín ni el Olé. Ni la secadora encintada, ni el peine al que le faltaban algunos dientes, ni el tarro de gel. Tampoco el de talco.

Para Rubén la experiencia se estaba volviendo traumática. Se acercó a recibirlo Javier, un peluquero suave, de esos que se depilan el cuerpo y tienen vestidor. Lo tomó de la mano y lo acompañó hasta el sector de lavado. Diez minutos más tarde, ya con la cabellera limpia y húmeda, Rubén esperaba por su corte. Se sentía algo confundido. Era un viejo pacato, un hombre de los de antes, de esos que entienden a la homosexualidad como una enfermedad, pero había disfrutado del masaje capilar. Los dedos masajeando su cuero cabelludo, el agua tibia haciendo espuma, la suave toalla envolviendo su cabeza, algo despertó su costado gay pero logró reprimirlo a tiempo.

Nadie supo quién llamo a al 911 pero cuando la policía llegó el escenario era caótico. Todo se había descontrolado, era Bagdad. Rubén era de esos clientes que cierran sus ojos ante el primer tijeretazo. Cuando los abrió simplemente no se reconoció. La imagen que reflejaba el espejo le parecía surrealista, casi ridícula. Era una caricatura de sí mismo. Una caricatura mal hecha por un artista callejero, falto de talento, que se ganaba la vida en la rambla de Mar del Plata. Rapado a los costados, largo arriba, algunos claritos para darle movimiento. Se había convertido en eso que solía criticar y discriminar con ferviente orgullo. Su cabeza había sido violada de la peor manera y pretendían que pague por esa violación. Sin mediar palabra empezó a las piñas. No era buen peleador, pero en ese ring se veía como un profesional. Javier correteaba por el lugar, con la nariz sangrando por el golpe, muerto de miedo. Axel, encargado de pedicura, intentó calmar a Rubén, hacerlo entrar en razón, pero fue inútil. Rompió los espejos, meó en las alfombras y vació todos los productos de belleza sobre los sillones. Era el increíble Hulk de Flores. Tres policías gordos se necesitaron para darle fin a su ira. Lo esposaron, no para llevarlo detenido sino para calmarlo. Javier se había desmayado, la sangre lo impresionaba con exageración, más aún si ésta había manchado su remera o sus alfombras. Axel lo abanicaba para que despierte en lo que parecía una coreografía digna del Maipo. Rubén ahora estaba inmóvil, con cara de ACV, rodeado por los federales. Sus ojos estaban rojos, llenos de bronca e impotencia. En el fondo, muy en el fondo, él sabía que esos sentimientos nada tenían que ver con el nuevo look que ahora le tocaba desfilar. Nadie mira a alguien de su edad. él lo tenía en claro. Le molestaba no hallarse en su lugar. Le molestaba haber perdido otro espacio en su pequeño mundo. No era su nuevo corte. Porque los tipos como Rubén no van a la peluquería a cortarse el pelo. Van a ver el fútbol del ascenso, a hablar de las minas que ya no pueden tener y a indignarse con la política de siempre, esa que no cambia la realidad. Y ahora ya no podía hacerlo porque todo eso ya no existía. El marketing, la globalización y la puta que lo parió estaba maquillando todo por igual, engañando a la vista, escondiendo las arrugas y todos esos lugares donde Rubén era feliz.