Jesucristo.

¨No inventé el viagra, pero casi¨. Pongan esa frase en mi tumba, pero esperen a que muera.


¨Le saqué punta¨, diría algún poeta contemporáneo. No exagero si digo que el año pasado fue mi mejor año en lo que a sexo respecta. Y no es que de un día para el otro me volví un tipo fachero, no. De hecho, soy bastante fulero y aparento más años de los que realmente tengo. Un poco por la panza, otro poco por la calvicie temprana. Tampoco soy atractivo económicamente, en absoluto. Lo que pasó fue que encontré, por pura casualidad, el camino más fácil para la conquista. ¿Tinder, Facebook, acaso LinkedIn? No. La mejor red social de todos los tiempos es, sin dudas, tener un perro. Y ese es mi atractivo. Lo descubrí tarde pero seguro, como diría mi abuelo Oscar, quien finalmente declaró ser gay a los ochenta y seis años de edad. Murió una semana más tarde.

Si usted es teen o millenial se sorprenderá al ver que esta red social funciona sin dispositivos tecnológicos. Simplemente una correa y un perro al final de ella. Mi perro no sólo era cachorro, también era mestizo. Eso parece seducir al sexo femenino. Es como tener la cara de Brad Pitt por un rato. Connota una personalidad tierna, dulce, empática, preocupada por las injusticias del mundo. Nada de eso soy yo, mucho menos por aquél entonces. Pero la cosa estaba funcionando.

Coco, mi perro, tenía apenas un mes el día que paseamos por primera vez y esa tarde ya pude ver su potencial. No sé si era su cara de cachorro, sus pasos graciosos, sus movimientos descoordinados o una combinación de todo eso, pero pasé de ser el tipo menos observado del barrio a ser el centro de todas las miradas. Varias chicas se acercaron aquel día y durante los días siguientes. Algunas con cierta timidez, otras dispuestas a todo. Jóvenes, viejas, gordas, flacas, rubias, morochas, vírgenes, ciegas, sordas, tarta, tarta, tartamudas, solteras, casadas, divorciadas, con hijos, sin hijos, ricas, pobres, faloperas y monjas. Muchas pero muchas monjas que parecían no poder controlar los instintos que creían haber olvidado. Por aquel entonces vivía en un barrio acomodado con vecinas que, en su gran mayoría, eran católicas, apostólicas y romanas, con asistencia perfecta a la misa de los domingos. Encontré ahí mi sábado a la noche, mi happy hour, mi dos por uno. La misa terminaba a las ocho de la noche y cuando todas las mujeres salían por la puerta de la iglesia vírgenes e impolutas por haber recibido la palabra de Dios, yo estaba ahí, agazapado, caliente como una pava, esperándolas para que cometan su porquería, su primer pecado semanal. Un domingo hasta me pareció notar una especie de acercamiento del Padre Miguel. Su mirada era la de un pervertido. Eso sumado a que se había llevado la mano al pene y se lo acariciaba suavemente mientras me miraba. Me pareció extraño así que me alejé caminando. Después me tranquilizó escuchar en la televisión que los curas no tienen sexo ni deseos sexuales, y me sentí un tonto por haber juzgado mal al Padre.

Con el paso del tiempo los domingos se transformaron en el día más esperado para mí. Siempre nos volvíamos acompañados con Coco. Y nunca repetíamos señorita, no hacía falta. Navegué por días en un mar de lujuria que me mantenía ahogado pero vivo de placer. Los condones se estaban llevando casi la totalidad de mi sueldo y no me importaba. Pero el ser humano es ambicioso y yo soy ser humano. Ya no me alcanzaba lo que tenía, quería más. Tenía mujeres acá, en el exterior, en plazos fijos, en bonos, en propiedades, en títulos, pero quería más. Así que se me ocurrió una idea que, después pude comprobar, fue brillante.

Coco venía perdiendo gracia. A medida que cumplía meses, sus rasgos de cachorro iban desapareciendo y eso estaba afectando mi suerte en la conquista. Es decir, seguía dando resultados, pero ya no era lo de antes. Mientras Coco comenzaba a tener un ladrido más de adulto, a levantar la pata para orinar, a perseguir a las perras para montarlas, a pelearse con otros perros para demostrar su hombría y a marcar territorio con su orina, yo empezaba a perder mi atractivo. Sabía que había que dar un giro de timón y había que hacerlo rápido.

Pensé en regalar a Coco, claro que sí, no les voy a mentir. Buscarme un cachorro nuevo, uno que apenas tenga unas semanas de vida, que traiga toda la magia que Coco estaba perdiendo. Pero ¿qué iba a responder cuando las chicas preguntasen por él? Definitivamente no era una buena idea. Así que seguí pensando hasta que mi cabeza se iluminó con una idea, yo me atrevería a decir, insuperable.

El día en que Coco cumplió 7 meses le cambié el nombre. Ahora Coco se llamaba Jesucristo. Las católicas, apostólicas y romanas se mostraron fascinadas al ver que la chapita que Coco llevaba en su collar ahora decía Jesucristo y acostumbrarse al cambio no les llevó más que unos cuantos segundos. El que no se acostumbró fue Coco, quien noté empezó a mirarme con otros ojos. En su mirada había rencor, ira, tal vez odio.

Desde el día en que lo rebauticé no volvió a mover la cola. Su personalidad cambió y se convirtió en uno de esos perros que detestan al mundo, que comen de la basura, cagan en las veredas, mean en las puertas y muerden a los niños que juegan a la pelota en las plazas y los parques. Si le tirabas un palito para que te lo traiga, él hacía como que lo iba a buscar para que te ilusiones, pero después no te lo traía. Ladraba mucho de madrugada y rompía todo lo que estaba a su alcance.

Mis mujeres ya no querían acercarse ni a mí ni a Jesucristo. Su violencia era tal que lograba reprimir por completo sus deseos sexuales.

Ahora no solo no tenía cientos de mujeres a mis pies, sino que estaba teniendo menos sexo que antes de conocer a Coco. La decisión fue durísima pero no me quedó más opción que regalarlo.

Un martes de lluvia lo vino a buscar un muchacho, feo como pocos seres humanos en este planeta. Esa fealdad que uno siente que afecta a la propia vista.

Cuando Jesucristo lo vio, resucitó. Le cambió la mirada. De repente volvió a ser ese Coco que me ayudó a sacarle punta, pero ya no era mío. Ahora era de él.

Con el tiempo supe que se trataba de un tal Mariano Martínez.