Para mí sin azúcar.

Dedicado a todos aquellos que se refugian en la mentira del espíritu joven.


De chico siempre me preguntaba cuántas ganas de tomar café hay que tener como para servirte uno de la máquina del micro de larga distancia. Cuántas ganas de beber café puede guardar un ser humano en su cuerpo como para querer arriesgar su vida en un viaje que quizá sea vacación, que quizá sea quincena a todo trapo en Mar del Tuyú.

Los recuerdos viajan a mi niñez y proyectan ante mis ojos la imagen de mi madre, quien era la que llevaba los pantalones en casa, prohibiéndome una y otra vez acercarme a esa máquina de la muerte en cada uno de los viajes que solíamos hacer. En aquellos tiempos los jóvenes no cuestionábamos la autoridad porque aún no había psicólogos que aconsejen no golpear a los niños. Cada vez que alguien se levantaba de su asiento y se perfilaba hacia la máquina de café, mi madre me miraba y señalando al involucrado con total impunidad, me decía que le quedaban no más de tres o cuatro días de vida. Según ella, tener cáncer era una boludez en comparación. Y yo crecí con esa idea. Por aquél entonces era apenas un niño blanco, virgen e impoluto caminando en un mundo lleno de adversidades y mi madre era para mí lo que la Biblia al cristiano, o Sprayette a la ama de casa del conurbano profundo.

Pasé una infancia entera viajando en Cóndors La Estrella, en Ríos Paranás y en Plusmares que recorrían las maravillosas rutas de nuestro país, con pozos que apenas superaban los treinta centímetros de profundidad. Una adolescencia temprana sentado a veces en pasillo, a veces en ventana, recorriendo miles de kilómetros mientras compartía el mismo aire con cientos de suicidas que se camuflaban detrás de felices rostros. Tipos y tipas impulsivos/as, quizá sedientos, a los que les importaba más tomar un café que aspirar a la tan codiciada longevidad.

El tiempo no nos convierte en sabios, pero sí nos resta estupidez. Entrando en mi adultez pude darme cuenta entonces que la idea de morir tomando café no era descabellada en absoluto. Entendí que aquellos hombres y mujeres que no me conocían y que no tenían la obligación de protegerme, me estaban mostrando con total impunidad lo que de grande pude descubrir. Me estaban dando una lección de vida mientras terminaban con ella. Con cada café no hacían más que gritarme que la vida es valiosa mientras la juventud te acompaña, pero que después ya no vale nada. Entendí que nadie quiere llegar a viejo y que muy pocos son los que se animan al suicidio o a una enfermedad terminal temprana que no sea asistida por una enfermera gorda a la que se le paga un sueldo. Pocos son los valientes que eligen irse de esta vida con dignidad y sin pañales. Es que en estos tiempos que corren, a la vida le sobran muchos años. La tecnología y las ciencias médicas no han hecho más que estirar la agonía; llenar las calles de viejos que apenas caminan; agrandar los bolsillos de los dueños de prepagas, de las industrias de los medicamentos, las prótesis y de los accionistas de geriátricos. Mientras los europeos se muestran preocupados por sus ciudades y pueblos atestados de gente mayor, las nuevas generaciones no hacen más que buscar la manera de hacernos extremadamente longevos; algunos hasta persiguiendo la inmortalidad como final feliz. El problema está, creo yo, en que quienes están detrás de todo esto aún permanecen jóvenes, vitales, y eso les impide ver las cosas con claridad. Nadie quiere llegar a viejo porque ser viejo duele. Duele el cuerpo y duele el alma. Duele mirarse al espejo y perder los recuerdos. Duele la ceguera, la sordera, la calvicie, la artritis. Las tetas en el piso, el pito muerto, la piel dura, seca y arrugada, los dedos martillo, los dientes pegados, las panzas, los pelos en lugares inauditos. Todo eso es la vejez, y todo eso duele. Los nietos traen alegrías, pero no alivian el dolor. La vida está tan sobrevalorada que somos capaces de elegir seguir respirando, aunque una máquina en un hospital de mala muerte tenga que hacerlo por nosotros. Estamos locos, totalmente locos. Nos aferramos a la vida cuando ésta ya no lo es. Discutimos la eutanasia con culpa religiosa mientras sobrevivimos tomando pastillas para todo, incluso para dormir. Ningún cuerpo que necesita una pastilla para dormir merece seguir vivo. Descontrolamos la naturaleza, la drogamos para abusar de ella a nuestro gusto. Y andamos por ahí, festejando cumpleaños de ochentas, de noventas, de abuelas dinosaurios y abuelos centenarios. Los periódicos sensacionalistas y los programas de la tarde nos traen esas historias que nos fascinan, con viejos que le ganan la batalla a la muerte, convertidos en héroes decadentes a los que se supone todos debemos aspirar. Pues, mis amigos, no cuenten conmigo.

Son las seis de la tarde del viernes. Estoy en la estación de Retiro de la Ciudad de Buenos Aires, sentado en el asiento 22 del Río Paraná con destino Bahía Blanca, cruzando los dedos para que nadie se suba al lado mío y así poder viajar más cómodo. Me tocó pasillo, justo al lado de la máquina de café y ya voy por el segundo.