Rebelión en las nubes.

No sabés cuándo puede ser tu último día en este mundo así que no olvides regar las plantas al salir.


Siempre fui un tipo correcto. Pasé toda mi vida apegado a las leyes escritas y no escritas que delimitan el buen comportamiento dentro de la sociedad en la que vivo. Pero el bichito de la rebeldía nos pica a todos y a mí me picó en una adolescencia tardía, con casi cuarenta pirulos, como dicen los jóvenes ahora. Fue en un vuelo que me llevaba desde la ciudad de Lima hasta la codiciada Miami. Estaba exactamente a mitad de viaje, no sé a qué cantidad de pies de altura, cuando decidí dejar de ser ese tipo que caminaba derecho, impoluto, aburrido de ver. Necesitaba una anécdota para que mis amigos me admiraran; una historia para contarles a mis hijos; un motivo para que alguien fantasee con verme desnudo. Y entonces, lo hice. Agarré el celular que tenía en el bolsillo del bolso y sin que me tiemble el pulso, le saqué el modo avión.

Lo que sigue sucedió en no más de un minuto y medio. El avión empezó a caer a gran velocidad, como suelen caer todos los aviones que se caen. El ambiente se puso peludo y todos me empezaron a putear, porque el señor que estaba sentado a mi lado, no sólo se había quedado con la ventanilla, sino que también se le ocurrió delatar el mayor acto de rebeldía al que un hombre como yo puede aspirar. Tuve la mala leche de que entre los pasajeros hubiera un ninja. Me cagó a piñas. Había un cura que me agarró para que los otros puedan pegarme. Un instagramer famoso subió mi foto, pero no me etiquetó. La azafata me trajo pasta y eso que yo le había pedido pollo. Y el meteorólogo que estaba unos asientos más adelante me dijo que en Miami iba a llover todo el fin de semana. Yo creo que exageró porque estaba enojado conmigo.

Un sinfín de adversidades hicieron que mi viaje no sea el planeado. En el piso, todo ensangrentado, mi vida pasó por delante de mis ojos. Eso me hubiese gustado, pero en realidad no sucedió. Estaba tan golpeado y aturdido que no podía siquiera recordar cuál había sido el hecho desencadenante del caos. Pensaba en que aún era joven para morir y en la cantidad de excursiones que ya tenía pagas, pero no iba a poder disfrutar. Ahora me pegaba el piloto y un gordo que dijo ser la primera vez que viajaba en avión. Cuando dejó de pegarme para tomar agua, se me ocurrió decirle que tal vez el avión estaba cayendo porque él estaba un poco excedido de peso.

Los de primera clase, gracias a la gran educación recibida, no se levantaron de sus asientos, quizá por temor a mezclarse con toda esa gente de clase media, de sueldos flacos y tarjetas SUBE.

Estábamos a segundos de impactar contra el mar y yo me arrastraba por el pasillo. Quería ir al baño antes de morir y ya había decidido no lavarme las manos después de orinar. Me asustaba en lo que me estaba convirtiendo, pero había probado el vértigo y me había gustado.

Finalmente, el avión cayó al mar y todos los tripulantes y pasajeros pudieron salir de la nave ilesos. A mí me habían escondido el salvavidas, así que morí ahogado. Una manera horrible de morir. Intenté pedirles ayuda a algunos delfines, pero ni bola. Son unos animales de mierda.

Hoy me entristece que, salvo un puñado de lectores, nadie más va a saber que morí como un rebelde. Todos me recordarán como ese tipo que caminó derecho, impoluto, aburrido de ver.

¿En qué momento escribí este cuento? Bueno, quizás sea hora de que empieces a pensar en qué o en quién te gustaría reencarnar cuando mueras.