Un hombre con capacidades diferentes.

Dedicado, con profunda y sincera admiración, a todos los aplaudidores que viven de ello.


Clapclapclap, clap, clap, cla... (silencio). Miro a mi alrededor temeroso, como quien asume el error. Miradas, no veo más que miradas indignadas que penetran mi vergüenza y la saborean. Miradas que basta con verlas para darse cuenta que algo no anda bien. Eran las cuatro de la tarde de un martes cualquiera durante un show de malabarismo lésbico, que era igual a cualquier show de malabarismo con el agregado de que los malabaristas eran mujeres y las mujeres homosexuales.

Lo que sigue es la historia de mi vida. La mía y la de muchos otros seres humanos que, como yo, fuimos hurtados al nacer, despojados de un sentido fundamental, igual o más importante que el del oído, la vista, el olfato, el gusto o el tacto. Tal vez el más cruel de todos por cómo nos llaman a los que sufrimos dicha falta. A quien no escucha se lo llama sordo; al que no ve, ciego; al que no huele, anósmico; pero al que no sabe cuándo hay que aplaudir, y ahí me desnudo ante todos ustedes mis queridos lectores provistos de la inmunidad del anonimato, a los que no sabemos cuándo aplaudir nos llaman el forro de la fila ocho; el pelotudo de adelante; el tarado del medio. Varía según la ubicación en la que estemos al momento del acto.

Al lector que goza de un buen timing en el arte del aplauso puede que mi problema le parezca una mera tontera, mas no lo es, créanme que no. Estoy convencido de que esta falta puede ser tranquilamente el desencadenante de la tercera guerra mundial.

Por supuesto que sé aplaudir, todo el mundo lo sabe. Es una facultad que uno desarrolla de pequeño, casi inconscientemente. Estimo que el origen debe estar en la repetición de una conducta que vemos a menudo en los mayores. Uno aplaude, no sabe bien por qué, pero un día se levanta y aplaude. Lleva su tiempo entender qué cosas son merecedoras de un aplauso, aunque por supuesto, es una cuestión bastante subjetiva. Al principio uno aplaude cualquier cosa. Tengo una foto mía a los tres años que mi madre conserva aún, en donde estamos en el entierro de mi abuelo Leopoldo y yo estoy aplaudiendo. Como verán, la cosa no empezó ayer. Quiero que entiendan la dimensión de mi problemática. Esos aplausos inocentes con tan sólo tres años me valieron el odio de mi abuela, la desilusión de mis padres, la piña de mi hermano. Pero nada de eso sirvió, nada logró enderezarme. El paso de los años, lejos de enseñarme algo, lo empeoró.

Me entrevisté con los mejores médicos, estuve en la sala de espera de infinidad de especialistas, me hice estudios de todo tipo. Probé terapias alternativas. Viajé por el mundo en busca de una solución, de algún gurú de algo. Probé hongos, comí bichos, tomé pociones, hice el amor con cientos de mujeres, pero nada. Todos estos años de sacrificio y desesperación para llegar a una única y triste conclusión: - ¿Señor, por qué no deja de aplaudir y ya? Preguntó el especialista en no sé qué. Ese día entendí que mi problema no tenía solución. O sí la tenía, pero la solución era un nuevo problema.

De ser el forro de la fila ocho, el pelotudo de adelante, el tarado del medio, pasé a ser el padre hijo de puta que no aplaudía a su nene en el acto de fin de jardín; el forro al que le chupaba un huevo que un chico se haya perdido en la playa; el vegetariano en potencia al que aparentemente ningún asado lo satisfacía; el cheto más amargo del recital. ¨ Aplaudí puto ¨ coreaba un grupo de señoras acomodadas en el mejor palco del Teatro Colón durante la fusión de una obra clásica que no menciono porque no quisieron regalarme la entrada.

Aquel día volvió todo a la normalidad, a mi normalidad. Decidí ponerle fin a mi vergüenza y actuar según mi naturaleza. Elegí los insultos por hacer algo mal más que por no hacerlo. Elegí ser un poco más yo en un mundo que busca gustar a cualquier precio. Con seres humanos habituados a postergar sus vidas para ser eso que alguien espera que sean. Los mismos que se me cagaron de risa cuando inicié los trámites por discapacidad.